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Mostrando las entradas de febrero, 2013

Breviario del ocio, de Carmen Rosa Gómez

Humor y pesimismo suelen estar emparentados. Ya Nietzsche había advertido, con la sombría certeza que lo caracterizaba, que “el hombre sufre tan terriblemente en el mundo que se ha visto obligado a inventar la risa”. No me siento con suficiente derecho a ser tan sufrido y sentencioso, pero coincido en que, al nacer de la repentina aparición de lo absurdo en una situación de la que se esperaban desenlaces previsibles, el humor tiene su indudable esencia de catarsis. De allí puede entenderse que, ante  una situación en la que pareciera que ya no se puede estar peor, sólo restan dos salidas: la risa o el llanto. El que en ese momento llora, sospecha secretamente que ya tocó fondo y tiene derecho a compadecerse de sí mismo. El que ríe, en cambio, sabe que esa situación podría ser apenas el prólogo, por lo que llorar sería un lujo inadmisible. Reír, entonces, parece ser cosa de genuinos pesimistas.

Esa pareciera ser de las primeras conclusiones con las que uno se topa en tanto avanza en las…

Los autores son demonios tímidos

Una perpetua reproducción de unas pocas ideas con un número infinito de variantes, tan sutiles que no son demasiado explícitas a simple vista, pueblan el mundo. Como las hojas de los árboles, o los granos de arena, una misma fuente va produciendo formas que requieren de una reposada observación para descubrir su condición de únicas.

Sólo concebirlo produce vértigo. Ese mismo vértigo que expresara un personaje de un famoso cuento, al señalar que “en ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia”, dando vida a una idea contenida bajo una sencilla y misteriosa palabra: El Aleph.

Ese relato puede leerse bajo infinidad de perspectivas (de variantes). En una de ellas se lee una metáfora de ese afán inútil de la literatura de contener al mundo en su totalidad. En otra, se representaría la idea contraria: que el objeto de la literatura es, precisamente, enten…