Entren que caben 100


Decir que nuestro país está atravesando una profunda crisis, más que una redundancia es una resbaladiza inexactitud. Crisis es, etimológicamente, una coyuntura de cambios, por lo que más bien sería deseable que, en los signos que la gente comúnmente ve, estuviésemos atravesando una crisis. Pero en todas las señales que consumimos a diario, más que crisis, vemos un estancamiento (entendiéndose como contrario a evolución). Y un estancamiento, además, voluntario.

¿Cómo que voluntario?, se preguntarán algunos. Y efectivamente, consumir (y difundir) de forma morbosa, estéril, malintencionada, quejumbrosa o maniquea, la anécdota de nuestra tragedia cotidiana, no pasa de ser una reiteración de nuestro inadvertido deseo de permanecer en ella, paralizados quizá por la certeza de que otra realidad requeriría de una descarnada mirada hacia las oscuridades de nosotros mismos, del arduo ejercicio de vernos con honestidad y de comprometernos con la construcción de un cambio.

Al país, y cada uno a su manera, lo tenemos trancado todos. Es un juego inconsciente en el que cada palabra, cada actitud, cada decisión frente a una encrucijada imaginaria, nos coloca en ese punto conocido. Tormentoso, pero conocido. Absurdo, pero conocido. Conocido y, por tanto, cómodo. Con la enfermiza comodidad de aquel que se niega a soñar, porque sospecha que eso exige una voluntad y una persistencia que no está seguro de llevar por dentro.

Por tanto, valdría decir con más precisión, para referirnos a nuestro ahora, que nuestro país está atravesando por los síntomas evidentes y visibles de una enfermedad. De una enfermedad que vimos incubarse pero nunca pensamos que nos alcanzaría. “Ensuciar el agua de beber” es un lugar común que, dadas las circunstancias, deviene en precisa metáfora de la realidad que hemos estado construyendo.

Pero, nuestra sociedad, como toda naturaleza cuyo mandato fundamental es la vida, tiene sus anticuerpos. Poco visibles pero siempre persistentes, allí han estado desde siempre, multiplicándose discretamente, y asomando la verdadera crisis.
Es decir, la esperanza de un cambio por venir.

La esperanza de que esta enfermedad nos conduzca, al final del largo y tortuoso camino, a una sociedad mejor. A aprender del dolor. A un país de ciudadanos, de gente que, desde la acción, propicie y asuma otro modelo.

quecaben100Y eso fue lo que intuyeron Maiskell Sánchez y Tibisay Guerra. Una necesidad de esperanza, en medio de esta larga enfermedad, destapó en ellas la intuición de que otro país se está gestando debajo del visible, el de las quejas, la trampa, el egoísmo, la viveza, la indolencia y la vulgaridad. Decidieron, entonces, ser parte de la solución y se dieron a la tarea de visibilizar esas experiencias de cambio, de autogestión, de país plural, de mirada integradora, de mano solidaria, de gestos que siempre han estado allí. Buscar y hallar las razones para la esperanza en medio de tantas razones para las quejas.

Y desarrollaron esta iniciativa que hoy estamos celebrando: www.entrequecaben100.com, que no es otra cosa que una muestra de la sociedad activa, gente común haciendo con pasión lo que le gusta. No se trata de voces aleccionadoras, ni modelos para nadie, ni líderes infalibles, ni mesías, ni caudillos ni (por fortuna) profetas. Sólo gente. Ciudadanos. Personas convencidas de lo contraproducente que resulta esa estrategia de combatir violencia con violencia, viveza con viveza, totalitarismo con totalitarismo, uniformidad con uniformidad. Gente de a pie que tiene su voz, su modo de hacer, su sueño y su forma de querer al país. Sin épica ni grandilocuencia.

Se trata de modestas iniciativas en momentos en que al poder le sirve la paralización. Construcción de esperanza cuando al poder le conviene el desaliento. Apuesta por el futuro donde el poder nos quiere anclar al pasado. Gente que ha entendido que hay momentos en que es menester llevar la contraria. En una palabra: gente que resiste al espíritu de los tiempos y actúa desde lo que sabe hacer, y lo hace con responsabilidad.
Como los anticuerpos.

Vuelvo entonces sobre las primeras líneas de estos apuntes para desear que, efectivamente, estos anticuerpos que se siguen multiplicando, sean los síntomas de una crisis, que sean el cambio de unos perniciosos valores que heredamos, que demuestren que todos tenemos una transformación que propiciar en nosotros para aspirar a un mejor futuro. En pocas palabras, de efectuar con gestos cotidianos ese humilde y a la vez elevado ejercicio del hombre que vive en comunidad: ejercer la ciudadanía.

Visibilizar ese cambio cotidiano que se ha estado gestando fue lo que se propusieron Tibisay y Maiskell. No queda sino celebrar esa iniciativa y esperar que, en efecto, propicien el contagio.

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