Norberto José Olivar: Fracaso y necedad son una buena combinación para escribir


Maracaibo, vista por encima, nos remite a sus más típicos clichés: la Feria de la Chinita, la Velada de Santa Lucía, ríos interminables de cerveza helada, montañas de patacones, gaitas todo el año y, en el aire, una palabra que debió haber nacido allí: la sandunga, que es como una gracia peculiar para vivir un permanente estado de jolgorio.

Pero las ciudades no son siempre lo que parecen. Hay otra Maracaibo al margen de los espejismos nacidos al calor (nunca mejor dicho) de un sol capaz de producir una sensación térmica que ronda los 45 grados. Una ciudad-puerto, cargada de historias sombrías y misteriosas, cuyas iglesias ubicadas en el casco central “están distribuidas de tal forma que sirven para contrarrestar la proliferación y concentración de fantasmas, demonios y toda especie de criaturas del mal, de la oscuridad”.

Y atisbando entre los signos, un hombre observa, escudriña y apunta ese mundo invisible, para trasladarlo a novelas como Un vampiro en Maracaibo, de donde tomamos la cita anterior, las cuales han merecido clasificaciones tentativas como Dark maracucho o Gótico tropical.

Su nombre parece el de un personaje de ficción: Norberto José Olivar. Nacido en Maracaibo en noviembre de 1964, inició estudios de Contaduría Pública para complacer a su padre. Pero su hermana mayor, que sabía de sus preferencias, se empeñó en que cambiara de carrera. “Letras o Historia, dijo. Yo le respondí que me daba igual. Así que un día salió resuelta a la Facultad de Humanidades y me cambió. Entiendo que tuvo que enamorar al ´empleado indicado´ para que me asignaran un cupo y me trasladaran rápido. Luego dejó al pobre oficinista embarcado”, señala quien, recién graduado de Licenciado en Historia, escribió “un par de ensayitos de Historia local”, que tropezaron con la ortodoxia de unos maestros que lo desautorizaron de inmediato, tras lo cual entendió que para poder escribir lo que pensaba de Maracaibo, debía llevar sus investigaciones y sospechas al terreno de la narrativa.

Pero escribirlos en clave de ficción no ha impedido que sus proyectos estén sustentados en una investigación histórica tradicional. “Sí, uso la imaginación, no lo niego, pero lo hago tanto como mis maestros historiadores, lo cual demuestra, para angustia de ellos, que la historia no es más que un género literario”, acota.

De esta manera, y con este método, comenzó una prolífica carrera que se inició en 1999 con Los guerreros, seguida de El misterioso caso de Agustín Baralt (2000), El hombre de la Atlántida (2003), La ciudad y los herejes (2004), La conserva negra (2004), Morirse es una fiesta (2005), El fantasma de la Caballero (2006) y Un cuento de piratas (2007), todos publicados en editoriales pequeñas, hasta que Antonio López Ortega leyó su cuento “Monsieur Ismael” y decidió incluirlo en la antología “Las voces secretas. El nuevo cuento venezolano”, que salió en 2006 bajo el sello Alfaguara.

Debido a los buenos comentarios que recibió el cuento, Mariana Marczuk, quien para entonces era editora del sello, le propuso que presentara un proyecto. “Y le hice llegar Un vampiro en Maracaibo”, obra que sería publicada en 2008, con la cual no sólo ganaría la primera edición del Premio de la Crítica a la novela de ese año, sino que además daría inicio a una fructífera carrera que lo ha convertido en un autor de culto dentro de los lectores venezolanos.

¿De dónde viene ese gusto por el lado oscuro tan presente en sus obras? Luego de reflexionar brevemente, señala que es posible que venga de la infancia. “Crecí en un manicomio, o digamos con mejor estilo, en una clínica psiquiátrica. Lo raro, lo triste, lo insólito, lo tragicómico acabó siendo una cosa cotidiana. Jugaba en los jardines de un loquero. Me hice amigos de muchos enfermos mentales, o fui algo así como una mascota para ellos. Un día dejaba de ver a alguien y preguntaba por él. A mi padre, que era el encargado del hospital; o a mi madre, que fue enfermera. Y la respuesta podía ser que se había ahorcado. Eso sucedió varias veces, incluso con un amigo de mi edad por esos días”. Eso y su irresistible atracción por las películas de Serie B, le han permitido indagar en las entrañas de su ciudad, para comprobar que posee los mismos horrores, las mismas locuras, los mismos desenfrenos, los mismos deseos que cualquier otra del mundo. “Entendí mejor lo que siempre sospeché: que el fin del mundo puede empezar por Maracaibo, y que incluso, los marcianos podrían aterrizar aquí, en la Vereda del Lago, y darle un ultimátum a la humanidad”, acota con su característico humor.

Pero nadie imagine que detrás de esa fascinación por el terror hay un hombre retorcido y extravagante. Aparte de vestir preferiblemente de negro, es una persona bastante normal. Está casado desde hace 23 años con la músico María Mercedes Rodríguez y tiene dos hijos: Juan Andrés (11) y Juan Diego (19). Juan Andrés juega fútbol, “es un dibujante extraordinario y ahora quiere que lo inscriba en guitarra”, mientras que Juan Diego está a un año de graduarse de Diseño Gráfico, “es melómano y se pasa el día pegado a la computadora”, confiesa con el orgullo que siente todo padre por sus hijos.

Luego de Un vampiro en Maracaibo, publicó Cadáver exquisito (2010), El Príncipe Negro (Lugar Común, 2011) y El polvo de los muertos  (2013). Doce títulos en un lapso de catorce años. Con Un vampiro en Maracaibo adquirió, como ya mencionamos, su primera insignia: el premio de la Crítica, lo cual significó un importante aval. “Pero no hay que tomarse muy en serios los premios y las menciones. Son, sin duda, coyunturas para la promoción de tu obra, pero debes seguir trabajando como un fracasado con gran espíritu de necedad. Fracaso y necedad son una buena combinación para escribir”.

Ese mantra lo acompañaría en 2011, cuando se convirtió en el único autor venezolano presente entre los finalistas de la XVII edición del Premio Internacional de Novela “Rómulo Gallegos”, con su Cadáver exquisito.

Apenas duerme. Dos o tres horas, según asegura. Suele levantarse con frecuencia durante la madrugada. Ve televisión por inercia. Camina por la casa. Lee los periódicos en internet. Programa algunos tuits. Observa los callejones como una especie de vigilante nocturno, desentrañando los secretos de la madrugada maracaibera. “Y cuando la cosa está buena, escribo. O me siento a corregir, a borrar mis huellas de la escena del crimen. En esas cosas me sorprende la mañana”, donde comienza el día oficialmente y lleva a hijos y a esposa a sus respectivas actividades, para luego irse a dar clases. Al mediodía pasa por la fuente de soda Irama, que con sus ficciones convirtió en parte de la Maracaibo mítica.

La Irama es un sitio peculiar. Con una decoración genuina que sobrevive a una época, es una auténtica pieza Vintage. ¿Qué encanto encontró en ese sitio? ¿Cómo llegó a él? “En los noventa un amigo me llevó. Cuando entré, en una de las mesas estaba Oswaldo Álvarez Paz, en otra el rector de LUZ. También vi a Argenis Carruyo y, más discretos y a cierta distancia, reconocí a varios poetas de la ciudad y a muchos profesores universitarios”. Y nadie se fijaba en nadie. Era como una tregua de oficios. Cada quien en lo suyo. “En Irama uno es lo que quiere ser y no lo que es. Y los mesoneros te siguen la corriente. Todos ellos son personajes extraños, casi de ficción, o casi reales. Desde entonces la frecuento a diario. Leo y escribo, por lo general, en la mesa 21”, comenta.

En la pasada feria del Libro de Baruta presentó su más reciente novela: El polvo de los muertos, una obra que puede leerse como un breve tratado de filosofía sobre la muerte aunque también, como señalara el crítico Luis Yslas, como varias novelas en una. Tiene divagaciones sobre el Estado como ente opresor y sobre la venganza como esencia de la idea de justicia. Y es, además, una historia de espías abandonados en esa ciudad-puerto por la que pasan faquires, magos, enanos siniestros, espiritistas, poetas enloquecidos y, por supuesto, vampiros.

Este último es un personaje que suele reincidir en sus historias. Debutó en El misterioso caso de Agustín Baralt, luego participó en El hombre de la Atlántida y en La ciudad y los herejes, hasta ser protagonista en Un vampiro en Maracaibo, para asomarse de nuevo en su más reciente novela.

A pesar del tono fabuloso de sus historias, Olivar insiste en que vienen precedidas de una investigación histórica tradicional. Luego le aplica lo que llama el método “crítico-paranoico” de análisis, para buscarle las “conexiones desquiciadas”. Entonces, se sienta a escribir. A diario. Todo el tiempo que puede.

A la inevitable cuestión acerca de cuán autobiográficas son sus novelas, reconoce que, en efecto, lo son, pero que escribe de sí para hablar de los demás. “Y entre más me observo, menos voy pareciendo al que describo. No porque intente ser otro, sino porque la literatura, el relato, su lógica, su autonomía, transforma ese germen autobiográfico en un elemento articulado a la ficción. Lo hace evolucionar a esa realidad que es la ficción en sí misma.”


De no vivir en Maracaibo, viviría en París. “Para ir todos los días al Moulin Rouge y a la librería Shakespeare and company”. Pero esté donde esté,  Maracaibo seguirá siendo la musa de sus ficciones. Viva donde viva seguiría pagando su suscripción a Panorama y su abono para las Águilas del Zulia. “Aunque no ganen ni un juego”. Así escuche más a Eric Clapton o a Michael Bublé que a las gaitas del momento. Así irrite a sus coterráneos afirmando que el maracucho tiene unos aires de grandeza que no tienen ningún sustento, o que es muy dado a la sobrevaloración con fines aparentemente regionalistas, “pero de pura bandera porque en la realidad el plato típico es la pizza, y el lugar preferido, mucho antes que la Basílica, es el Sambil”.

Pero esas duras palabras solo pueden provenir de un sentimiento parecido al despecho, al amor incomprendido. El amor de alguien que ha visto el lado oscuro de su ciudad y se ha dedicado a registrarlo con pasión. Maracaibo, de hecho, no es la misma luego de esa mirada que ha descubierto un rasgo lóbrego latiendo en su aparente desparpajo. Cuando todos duermen, ese hombre que no se deja engañar con los espejismos vive en constante acecho, intentando entenderse con las oscuridades de su ciudad-puerto, aunque considere necesario aclarar, para terminar nuestra conversación: “No soy supersticioso. Soy un hombre serio. Pero creo en los vampiros”.

En la ausente sonrisa con que lo afirma se lee claramente un “yo sé por qué lo digo”.

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