Reinhold Messner y el techo del mundo


Nanga Parbat significa Montaña desnuda y es el nombre de uno de los 14 ochomil que existen sobre la tierra. Esto es, aquellas montañas que exceden los ocho mil metros de altitud. Con 8.125 msnm, el Nanga Parbat es el noveno en altura de esta élite de gigantes. Se trata de una montaña aislada en la cordillera de Karakórum, en Pakistán, a escasos 25 kilómetros del valle del Indo, con el cual tiene, sin embargo, una diferencia de siete mil metros de altitud, lo que acentúa en el paisaje sus escarpados riscos de nieves perpetuas.
Un letrero en Talechi, último poblado en la ruta al punto de partida de la expedición, reza:

nanga_parbat_sign“Look to your left Killer Mountain Nanga Parbat Height 8.126 meters”

Y es que, en efecto, no es corta la lista de escaladores que dejaron la vida en su encuentro con ese titán. Y, aunque ha salido ileso de sus incursiones, esta montaña resulta muy significativa para uno de los más célebres montañistas del mundo: Reinhold Messner.

Nacido en el Tirol del Sur (Alpes italianos) en 1944, es el primer hombre en la historia del montañismo en escalar los catorce ochomil existentes en el mundo, además de otra decena de montañas nevadas, que incluyen los picos Aconcagua y Chimborazo, en América del Sur; y el Monte McKinley (6.194 metros), la montaña más alta de Estados Unidos. También ha escrito una cantidad importante de libros acerca de sus expediciones, que incluyen la Antártida y el desierto de Gobi.

No se crece rodeado de montañas sin sentir curiosidad por el secreto que albergan sus solitarias cimas. Secreto que, como los sueños, es revelado junto a la imposibilidad de llevarlo a palabras. Sería eso lo que lo empujaba, junto con Günther, su hermano menor, tras cada vez más peligrosas rutas en roca a lo largo de las montañas alpinas. Hasta que, en 1970, junto a otros escaladores, fueron al encuentro del espíritu de Los Himalayas y de su primer ochomil: precisamente, el Nanga Parbat. Ese ascenso le dejaría una marca de fuego que templó su carácter. Una experiencia vital que abarcó lo luminoso y lo oscuro ya que, aunque lograron coronar la cima a costa de un enorme esfuerzo, Günther cayó, durante el descenso, bajo el peso de una avalancha que lo sepultó en ese desierto helado.

Exhausto y abatido, con los pies casi congelados, Reinhold emprendería solo el duro camino hacia el campamento base. En esa expedición perdería, además, seis dedos de sus pies, y tendría que vivir buena parte de su vida con las acusaciones de haber dejado morir a su hermano.

A mayor altitud, menor presión atmosférica, lo que ocasiona que las moléculas de oxígeno se separen cada vez más y la respiración se vuelva más difícil. Si la presión sobre los pulmones aumenta drásticamente puede sobrevenir un edema. Es por ello que, a partir de la altura conocida como “la zona letal”, los ascensos se deban realizar acompañados de oxígeno comprimido. No hacerlo es casi un suicidio.

Pero las leyendas lo son porque logran hazañas que no tienen explicación para los mortales comunes. Es así como en 1978, acompañado de Peter Habeler, Messner conquista la cima del Everest (8.848 msnm), sin oxígeno suplementario. Y ese mismo año saldaría una deuda personal, regresando al Nanga Parbat, pero esta vez en solitario, sin oxígeno y por la vertiente Rupal, la pared vertical más grande del planeta.

everest-mont

Luego de librar esa batalla con sus propios fantasmas, redoblaría la apuesta y lograría la hazaña que lo convertiría en un mito: ascender en solitario y durante la estación de los monzones, la cara norte de la Gran Madre del Mundo, como llaman los nativos al Everest, sin oxígeno, sin sherpas, sin posibilidad de rescate. Con sus cinco sentidos y sus miedos como únicos compañeros en esa larga y peligrosa travesía.

Treinta y siete años después de aquella iniciación de fuego, se cerraría el círculo de las preguntas sin respuestas, con el hallazgo del cadáver de su hermano. Reinhold lo reconoció por las botas, que se habían mantenido intactas en esas temperaturas en torno a los veinte grados bajo cero. “Cada uno tiene que acercarse a su propio límite, que siempre es subjetivo, distinto, personal. Quien quiera conocerlo, tiene que acercarse a él poco a poco”, señaló en una ocasión este hombre que, cerca de sus setenta años, sabe que sus ojos guardan algunos de los paisajes más alucinantes vistos por el ojo humano, acompañado solo por el frío, el silencio y la majestad de la Naturaleza indómita y cruel, presencias que, a pesar de haber escrito decenas de libros sobre ellas, resultan indescriptibles. Como los sueños.

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