De dudas teológicas


Por una razón que solo ellos conocen, los hamster rusos que tenemos en casa (Sasuke e Hitachi, nombres que delatan el gusto de los chicos de la casa por el animé) se pelearon de manera irreversible hace ya un buen tiempo. Como ocurre con la gente en esas circunstancias, dado que la situación se volvió insalvable, la única solución fue ponerlos en casas separadas.

Los chicos, cada vez que se acuerdan, los meten en sus esferas transparentes para que correteen libremente por la casa, con la condición de devolverlos a las suyas antes de acostarse, para que dispongan de agua y alimento durante la noche.

Quizá porque esperó hasta última hora para hacerlo y ya el sueño lo vencía, Rodrigo los devolvió a sus casas una noche y no se dio cuenta que los metió a ambos en la misma. De hecho, nadie se dio cuenta. Hasta la mañana siguiente, bien temprano, cuando Lennis escuchó unos chillidos. Salió corriendo y, en efecto, los encontró trabados en una encarnizada lucha. El gordito suele llevar la peor parte. Y aunque es muy difícil separarlos en esas circunstancias (incluso intentar tocarlos, porque se vuelven feroces), logró separarlos envolviéndose la mano en un paño.

Luego de que los separó y los puso a cada uno en una casa me contó lo sucedido, señalándome lo que ya se sabe: que, como siempre, el gordito llevó la peor parte.

Fui a visitarlo para constatar la magnitud de los daños y lo encontré aún temblando. Efectivamente, tenía un ojo muy maltratado. Es desconcertante que animales tan pequeños y hermosos puedan ser tan salvajes. Puedan tener tan capacidad de destrucción.

Los teólogos y otros expertos han dicho siempre que los animales (así como en otra época lo decían de los indios) no tienen alma. Como la palabra encierra una idea complicada, digamos que, para todo efecto, por alma se está diciendo conciencia.

Y, en efecto, nos ha convenido creerles. Pero cuando me asomo a su jaula y lo veo agazapado en un rincón debajo de la rueda, y veo esa mirada triste, esa actitud derrotada, esa agitación que mueve su cuerpo, esa desconcertada melancolía que despide su rostro diminuto mientras mastica compulsivamente su alimento, entro en serias dudas.

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