Laura Guevara: Todo lo que uno aprende en la vida va a algún sitio


Llegó al encuentro pautado con un vestido, unas zapatillas y una sonrisa. Un poco tarde, pero con estilo. Lleva el cabello bastante corto. “Me estaba cortando las puntas y se me fue la mano”, se queja con una sonrisa. Nos sentamos a conversar en la terraza  de una pastelería, mientras la ciudad mantenía su incesante monólogo del otro lado de la reja del local.

Nació en Caracas hace 28 años, pero se siente de 22. Y, en efecto, su expresión corporal, las posiciones que adopta mientras conversa, sus énfasis y sus sonrisas, tienen cierto aire adolescente. Lúdicas, carentes de rigidez, sus maneras evocan a una chica en el patio del liceo y es evidente que nunca fueron domesticadas en la etiqueta de una oficina. Sin embargo, detrás de esa candorosa apariencia, hay una personalidad que, a pesar de haber recibido mucha atención durante la infancia, ha vivido experiencias que cimentaron su propia perspectiva ante la vida y sabe moverse en los distintos ambientes que ofrece la calle.

Para entender a Laura Guevara, habrá que comenzar diciendo que creció en un contexto de curiosidad intelectual. Su madre, Marta de La Vega, es una académica con diversos títulos y estudios postdoctorales, mientras su padre, Manuel Guevara, es un ingeniero eléctrico con sólidos conocimientos de Historia. “La verdad es que con estos dos papás, ya yo no podía salir normal”, comenta sonriente mientras compartimos un café en una terraza de la pastelería, una mañana de mediados de febrero.

Un descubrimiento maravilloso

Comenzó su formación musical en el preescolar del Colegio Emil Friedman, donde estudió hasta completar su bachillerato. A los diez años, luego de seis de práctica, abandonó el violín. “Yo creo que fue por rebeldía, porque cuando estaba en la orquesta, lo que para los demás era el receso, para nosotros era el ensayo”. Luego quiso probar en la coral del colegio, pero la profesora no la aceptó por considerarla indisciplinada. Entonces la mamá la inscribió en Los pequeños cantores, de la Schola Cantorum de Caracas, “que fue para mí un descubrimiento maravilloso”, recuerda.

A los doce años la pasan a la Cantoría Juvenil. Con ellos viaja a varios festivales internacionales, en los que descubre que Venezuela es una rockstar en ese tipo de encuentros. “Es una locura el respeto que le tienen”, comenta, acotando que María Guinand y Alberto Grau (fundadores de la Schola Cantorum) tienen gran prestigio en el mundo coral fuera del país.

Entre los 12 y los 15 años visita Iowa (Estados Unidos), Vancouver (Canadá) y Helsinski (Finlandia) con la Cantoría, de donde guarda recuerdos inolvidables, como escuchar a los coros de Finlandia, Corea, Noruega y Venezuela interpretando juntos una misma canción, pero lo que recuerda con más afecto de esa época es a sus profesores: Amanda Soriano, Leticia González y  Christian Grases, quien era el director de la Cantoría Juvenil, y de quien aprendió parte de lo que hoy hace sobre el escenario. “Todo lo que uno aprende en la vida va a algún sitio”, sentencia.

La Schola Cantorum tenía una filosofía muy particular en la que no solamente se cantaba sino que se aprendía a contar una historia con la cara, con el cuerpo y, además, la mayoría de las partituras de Alberto Grau “incorporaban la percusión corporal mientras cantábamos. Entonces nosotros teníamos que llevar el ritmo, cantar con la cara, decir lo que teníamos que decir al cantar y hacer coreografías”, rememora. Allí aprendió que la disciplina y la perseverancia siempre traen sus frutos. Que el tiempo del trabajo previo a mostrar marca una diferencia absoluta. Que el talento no basta.

Se sentía feliz cantando con el coro, pero cuando le pedían que hiciera un solo, entraba en un pánico paralizante. Lloraba, incluso. Entonces Grases recomendó a sus padres que la metieran en Teatro. Y, en efecto, así lo hicieron. “En ese tiempo me daba pánico cantar en público. A los cuatro años ya yo hacía cancioncitas. El componer siempre se me dio, pero era una actividad que yo hacía a puerta cerrada y no la compartía con nadie”, explica.

A los quince abandonó la Cantoría, pero no la pasión por cantar. Creó, junto a unos amigos del liceo, una banda de metal gótico, en donde ella hacía la voz femenina. Seguía sintiendo terror por cantar en público pero su inseparable amiga de entonces, Cynthia Rosenberg, se sentaba en primera fila y le decía que la mirara fijamente a ella, para que olvidara que estaba cantando frente a un público.  Y funcionaba.

Fueron dos años intensos de una amistad inseparable desde el mismo momento en que se conocieron. “Decíamos que  si no nos casábamos viviríamos juntas y llenas de gatos y cosas pegadas en la nevera”, rememora y ríe con un candor que parece anclado en ese recuerdo.

La vida asoma su lado oscuro

Al acercarse a los 17 años la vida le mostró parajes ignotos. Los del desconcierto y el dolor que nos acerca a la adultez. Fue así como al culminar el bachillerato fueron a pasar unos días a un pueblo de Falcón para celebrar la graduación y despedirla a ella, que se iría a Canadá en un viaje de intercambio que duraría un año. Una tarde, durante ese paseo, salieron a caminar asegurándose de evitar una calle donde habían detectado un cable de alta tensión caído. Pero la muerte suele ser puntual cuando pacta su agenda por lo que, caminando por otra calle, Cynthia no vio un cable que estaba en el piso. Era el 24 de julio de 2003. Una semana después hubiese estado, junto a sus amigos, en su acto de grado.

El 7 de agosto partió a Canadá. “Fue un proceso complicado de sacarme de una situación de duelo y meterme en otro país al que me tuve que adaptar. Fue raro, pero con el tiempo hice amistades que hoy día siguen siendo mis amigos del alma”, comenta.

Durante esa época de emociones intensas conoció el primer amor. Y el abrasivo despecho. “Éramos demasiado pequeños para tener tanto amor adentro”, dice al recordarlo. Fue una incesante mezcla de dolor con alegría. Y vivió, también, la separación de sus padres, luego de 30 años de matrimonio. “Al principio no fue fácil, pero tienen una relación muy bonita. Son entrañables amigos, además que tienen una complicidad que más bien me desespera”, comenta, y se ríe como una niña que se celebra sus propias ocurrencias.

Al año siguiente comenzó a estudiar Artes en la Universidad Central de Venezuela. Fue el descubrimiento de un mundo maravilloso. Se inscribió en Danza contemporánea, en ballet, en danza tradicional, en percusión afro-venezolana. “Yo estaba enamorada de la Central. Bueno, estoy enamorada de la central. Para mí la central fue así como: Esto es”.

Estando en tercer semestre de la carrera se inscribió en la Escuela Armando Reverón, y estudió las dos carreras al mismo tiempo. Año y medio después abandona aquella por lo duro que resultaba conciliar los horarios de ambas. Luego de toda una vida con las tardes ocupadas (su infancia transcurrió haciendo talleres de cerámica, pintura, cuentos…), disfrutó de esa placentera sensación de estudiar e irse a casa a no hacer más nada.

Cuando le tocó escoger mención se decidió por cine, que era de lo que menos conocimiento tenía. En esos días un amigo la invitó a hacer coros en una banda de reggae llamada Las Santas Plantas. Allí recordó lo feliz que se sentía cantando. Entusiasmada, le sugirió al cantante hacer una canción juntos y él le preguntó si pretendía hacer un Pimpinela en reggae.

Fue su rotunda manera de decirle que no.

Seguir su propia visión de vida

Posee la cadencia al hablar de una típica chica caraqueña. Pero la calidez en la mirada de sus ojos de color indefinible y su cabello naranja, la singularizan de inmediato. Eso, y ese mandato íntimo de comunicar, de llegarle a la gente, que expresa con mucha elocuencia. De hecho, completa muchas de sus afirmaciones con interjecciones o ademanes que hacen que su conversación sea audiovisual. Así como canta, habla: con todo el cuerpo.

En las tazas se asienta un resto de espuma, ya frío. Laura responde a las preguntas con franqueza. Tiene una peculiar belleza que creció sin exceso de atención mientras ella apostaba a la personalidad o al espíritu curioso para sentirse atractiva. La belleza de quien sabe que hay algo allí que no se ve pero que es vital, y va en su búsqueda. Un sentido de trascendencia sin aspavientos, como el que asume una misión con humildad.

“Siempre me he sentido un poco rara en todos los ambientes en los que he estado. Siempre he estado sola, a pesar de que antes tenía deseos de pertenecer a los grupos. Tener tu propia visión de vida, tu propio camino, no es malo”, comenta mientras dice entender ahora por qué hizo una carrera como solista. “Eso que antes me molestaba, el hecho de no pertenecer, ahora me alegra no haber plegado mi individualidad a complacer o a tratar de hacer lo que hacen los demás”, afirma.

¿Qué te reconcilia con la vida cuando te sientes mal?, le pregunto.

Generalmente me pongo a componer. Ahora porque es mi profesión, pero la música normalmente me reconcilia con la vida. Y El Ávila. A veces me siento medio tristona y la veo (a la montaña) y veo lo pequeña que soy con respecto a ella, y pienso en todo lo que ha visto que yo no he visto y todo lo que le falta por ver y me digo “bueno, ya, mis problemas no pueden ser tan grandes”.

El blues del autobús

Cuando le pregunto acerca de su proceso de composición, cuenta que se sienta con cualquier instrumento (con el cuatro, el piano o la guitarra, aunque con los que más compone  es con el cuatro y el piano) y se pone a jugar, hasta que consigue cosas que le  gustan. De repente, con lo que está consiguiendo con el instrumento, la canción empieza a hablar. “También me ha pasado, no mucho, pero me ha pasado, que apenas me siento y es como si alguien me hubiese dictado una canción. Como si esa canción tenía que salir y yo estaba ahí en el piano o el cuatro, y por eso salió, pero pudo haber sido otra persona. Y después que sale, la observo y me digo: ¿Y esta canción de dónde salió?”

Un día mostró las piezas que había estado componiendo a los músicos de la extinta banda de reggae y éstos se entusiasmaron con la idea de montarlas. Y se pusieron en ello. Luego, durante un taller de producción musical que estaba haciendo, en Chacao, la llamaron de La Liga del Rock para invitarla a cantar en la recién inaugurada Plaza de Los Palos Grandes. Ellos mismos le propondrían tocar en una edición de Por el medio de la calle. Y así, poco a poco, comenzaron a llamarla de diversos sitios. Cantó en una fiesta del TET, y en Discovery, cuyo toque grabó y subió a la red. Alguien vio el video y la llamaron para otro toque. Los siguientes los volvería a grabar y a subir. La gente comenzó a compartirlos y cada vez tocaba sus temas con más compromiso. Como comenzaron a circular sus piezas por la red, algunos periodistas la contactaban para entrevistarla. Y así, cada día más canciones, mejores videos, mejor sonido.

“Yo me di a conocer gracias a youtube”, afirma.

Su primer disco nació de manera fortuita. Invitada al Virgen Fest (en Anzoátegui) le exigían tener material grabado para poder tocar. Es entonces cuando Juan Carlos Ballesta, de la Revista Ladosis, le regaló el audio de un concierto en el primer Festival de Cantautores, que un amigo de ella masterizó, con lo que nació: Laura Guevara en vivo.

Desde hace tres años trabaja en su primer disco en estudio: Laura Guevara. Su lanzamiento está pautado para el 22 de abril. Tendrá doce canciones. “Es un disco muy diverso, muy ecléctico, que no tiene un único género. Me acompañan los músicos de mi banda y varios artistas invitados”, comenta entusiasmada. Este disco será el impulso para ir, en mayo, a la Expo-Iberoamericana de Música, en Bilbao, a la que se postuló y fue seleccionada para representar a Venezuela. No se trata de un festival, sino de una especie de mercado musical. Luego de Bilbao abrirá los conciertos, en Barcelona y Madrid, por los veinte años de Luz verde, una banda venezolana afincada en Barcelona. Será la primera vez que saldrá del país como solista. La gira la financiarán con una campaña de crowdfunding para pagar los gastos que supone el viaje.

Aunque a veces se siente pesimista con el futuro del país, en ocasiones vive momentos de “epifanía”. Como en el concierto de la Rock &MAU, el pasado diciembre en el Aula Magna. Pasó todo el concierto conmovida, con una mezcla de felicidad y tristeza. La mayoría de los músicos con los que compartía tarima se iban a ir del país entre ese año y el siguiente, pero veía al Aula Magna llena de gente, coreando todas las canciones y se dijo: “bueno, sí, mucha gente se está yendo del país, vienen años difíciles”, pero la gente se está llevando lo mejor de Venezuela al mundo y se están haciendo redes de venezolanos que van a expandir Venezuela a otros lugares. “Es un proceso que nunca habíamos vivido, pero no somos el primer ni el último país que pasa por esto. Entonces veía a esos muchachos cantando esas canciones y me dije: Qué orgullosa me siento de ser venezolana. No puedo explicar lo que sentía, pero tuve una sensación de que estamos en un proceso, pero no es el final. Y sé que de esto van a quedar cosas buenas”.

Un largo suspiro y una sonrisa franca pusieron punto final a sus palabras, y a nuestra conversación, mientras abría aún más sus ojos de miel pálida, que brillaban como si en ese momento se estuviesen vaporizando todas las emociones que parecían desbordarlos.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Oscar Marcano: soñar es como leer y escribir es como construir un sueño

Para que mañana no sea olvido. Taller de narrativa no ficcional

De dudas teológicas