Un tema y una despedida


Caracas es uno de mis temas inevitables. La ciudad en la que uno nace y vive es parte indisoluble de su propio imaginario. Cuando se escribe y cuando no. Incluso, cuando no se quiere hablar de ella, se termina nombrándola así sea por su notoria ausencia. Es de esos temas que siempre estarán allí. Y, en mi caso, siempre estuvo. No sólo en las crónicas y artículos que publiqué durante años en mi blog Ficción Caracas (que dieron vida al libro inédito —aunque más preciso sería decir: fallido— La ciudad postergada), y en la columna que mantuve en Prodavinci (cuyos textos fueron parte, junto a los anteriores, del germen de Caracas muerde), o de esta misma columna, sino que, además, mi narrativa de ficción rara vez ocurre fuera de sus linderos.

En muchas ocasiones, incluso, con coordenadas precisas.

Nunca me había preguntado por qué esa constante reincidencia sobre el tema, pero aprovecho ahora para hacerlo. ¿Será acaso que al escribir sobre ella la cubrimos con el artificial tamiz de distancia que da la escritura? ¿O que, en efecto, el amor por la ciudad está marcado por una inevitable nostalgia por todo lo que ocurrió en un espacio-tiempo determinados que no volverán?

Quizá Caracas propicia una permanente y secreta nostalgia porque esa cultura del deterioro y del desarraigo que convertimos en nuestra identidad, nos ha llevado a hacer de ella, como una vez lo apunté, una eterna ciudad pizarra mágica, construyendo algo nuevo siempre sobre las ruinas de lo que dejamos morir. O también porque, de alguna manera, nacimos y crecimos alimentando la nostalgia por lo que no vivimos.

La nostalgia de lo prometido que nunca fue.

Ante este argumento vale subrayar que los gobernantes bajo cuyo mandato Caracas sufrió los cambios más importantes en el proceso de construcción de su fisonomía, por ejemplo Guzmán Blanco y Pérez Jiménez, parecieron más interesados en hacer de la ciudad una vitrina de sus propios egos, que de construir una urbe para la gente y para el futuro. En como si la ciudad hubiese tenido que padecer los complejos de inferioridad de sus gobernantes, quienes consideraron no adecuado al tamaño de su ego su condición de Capitanía General, de Segona Perifèria, de pequeña ciudad del Caribe, y se inventaron una del tamaño de los delirios que pagarían sus ciudadanos.

Muy posiblemente ambas razones están íntimamente relacionadas, y hayan producido una terrible enfermedad en el caraqueño, que es la incapacidad de desarrollar un sentido de pertenencia con respecto a su ciudad.

En Caracas, lo público no es de nadie, o es del que lo pueda aprovechar para sí, pero nunca de todos, es decir de cada uno de los que la habitamos. Caracas es una ciudad doblemente abandonada: por sus gobernantes y por sus pobladores.

Ese tema que me apasiona inevitablemente, fue el detonante que motivó buena parte de los textos publicados durante estos tres años en esta columna: cómo la propia naturaleza del venezolano (y del caraqueño en particular) propicia el maltrato hacia su ciudad y hacia sus conciudadanos, generando sin proponérselo y, aún, sin darse cuenta, un caldo de cultivo para la violencia de todos los días. Cómo somos ante nuestra ciudad y ante nuestros conciudadanos. Qué relación sentimos que tenemos con ellos. Qué entendemos por ciudadanía.

Fueron casi 160 textos enfocados en las más diversas aristas de ese tema. Si no sirvieron para propiciar un cambio de conducta en mis conciudadanos, sirvieron al menos para hacer un ejercicio que me ayudó a determinar dónde están esos mecanismos invisibles que nos hacen destruir la convivencia ciudadana.

Es decir, espero que me haya servido siquiera como espejo.

Pero todo ciclo, para que lo sea, debe culminar. Y es el caso de esta columna. Agradezco a los lectores y a la redacción haberme permitido tener un espacio para reflexionar y compartir apuntes en torno a nuestro modo de ejercer la ciudadanía y nuestro anecdotario cotidiano.

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